Una casa para la Casa
Petronio Rafael Cevallos
Presidente de la Casa de la Cultura
Ecuatoriana
Núcleo Internacional de Nueva York
E-mail: EcuaYork@worldnet.att.net
Tel. 718-443 2955
Hace poco,
cuando Nixon García, director del grupo de teatro La Trinchera, me
escribió desde Manta, Ecuador, proponiéndome la presentación de El
zaguán de aluminio --drama unipersonal basado en la vida y poesía
del poeta vanguardista ecuatoriano Hugo Mayo (Miguel Augusto Egas,
1897-1988)--, no pude sino aceptar, complacido, ante esta brillante
oportunidad para difundir y disfrutar, aquí en Nueva York, de una
muestra en vivo de la actual producción dramática de nuestro país.
Sin embargo,
por experiencia, estaba yo algo consciente de las dificultades que, como
salteadores de caminos, iban a salir al paso para impedir que esto se
realizara. En primer lugar, no contamos con un espacio adecuado para
hacer una presentación teatral --o, vergonzosamente, de ninguna otra
clase. En segundo, no tenemos apoyo de nadie. En realidad, lo segundo es
causa de lo primero. De todas maneras, la falta de espacio fue resuelta,
luego de hablarle y escribirle una carta al cónsul del Ecuador, Hernán
Holguín, quien amablemente nos facilitó el uso del recinto consular.
No obstante, días más tarde, recibí una carta firmada por el mismo
funcionario, en la que se nos cobraba ochenta dólares, "por
concepto de limpieza". No hace falta decir que en seguida llamé al
consulado para exigir la exoneración de dicho pago, cosa que, para
alivio de la actriz y nuestra, finalmente se logró.
La segunda y más
insidiosa de nuestras dificultades ha sido la carencia de apoyo por la
cultura que, en general, existe en nuestro país y, por extensión, en
nuestra comunidad ecuayorquina. Imagínense, si se pretende cobrarnos
por utilizar el consulado que, de juris, es territorio ecuatoriano, y
que, de facto, debería ser alma mater y santuario de nuestras
expresiones culturales, ¿entonces qué podemos esperar de los demás?
Mientras el
periodista David Ramírez y yo nos atareábamos en promover el evento y
en encontrar la forma de retribuirle a la actriz Rocío Reyes un
emolumento digno de su trabajo, este tipo de "requisitos"
menoscababa y seguirá menoscabando nuestra labor, convalidando una
actitud --mental y burocrática-- que entorpece la promoción de la
cultura, dentro y fuera del Ecuador.
A falta de un
espacio propio donde funcionar, deben eliminarse estos gravámenes que,
en verdad, son un impedimento a la gestión cultural de nuestro Núcleo.
Tanto más si viene de la entidad que --de todos los consulados y
embajadas del Ecuador en el mundo-- más recibe; precisamente de
nosotros, los cientos de miles de usuarios y contribuyentes, o sea de
los ecuatorianos afincados en el área metropolitana de Nueva York.
Dicho de otro
modo, el consulado de Nueva York --así como el Ecuador entero-- tiene y
mantiene una inmensa deuda con nosotros. Deuda que --al igual que las
"otras"-- es virtualmente impagable no sólo en su totalidad
económica, sino --y más aún-- en sus fructuosos réditos afectivos,
sociales y culturales; los mismos que --por honorabilidad, sentido de
justicia y gratitud imprescindibles-- deben devolvérsenos
equitativamente. Aquí no se trata de obtener dádivas, sino de recibir
lo que nos corresponde, como justa retribución a lo que con tanta
largueza aportamos al referido consulado, al Ministerio de Relaciones
Exteriores, al Estado y a la nación en general.
No olvidemos
que en 1944 el escritor Benjamín Carrión --cuya visión era convertir
el país en una "potencia cultural", puesto que difícilmente
podía aspirar a ser una potencia militar o económica-- funda la Casa
de la Cultura Ecuatoriana. Siguiendo este lineamiento, en 1986 se
establece el Núcleo de la llamada "Capital del Mundo", desde
donde difundimos la más auténtica identidad de un pueblo: su cultura.
Pero para llevar a cabo esta trascendental labor, lo menos que
necesitamos son obstáculos, demagogia, evasivas y ofrecimientos
incumplidos. Por otro lado, lo que --y con extremada urgencia-- sí
precisamos es de un local adecuado, a más de fondos proporcionados para
funcionar debidamente, y así continuar y ampliar una gestión cultural
autónoma, sin injerencias burocráticas, paternalistas, políticas,
nepotistas, regionalistas, clasistas, elitistas o de ninguna otra índole.
En agosto
pasado, el poeta Jaime Montesinos (ex presidente y fundador de nuestro Núcleo
ecuayorquino) y yo visitamos la Cancillería en Quito. Tuvimos entonces
la oportunidad de entrevistarnos con el embajador Gonzalo Salvador Holguín,
subsecretario político de dicha entidad, con quien intercambiamos
interesantes puntos de vista respecto a las legítimas y harto
postergadas necesidades de la comunidad ecuatoriana internacional y,
específicamente, del más de medio millón de ecuatorianos residentes
en el área del Gran Nueva York.
Como la
necesidad más urgente y ejecutable a corto plazo, tratamos el caso de
la falta de un espacio físico para llevar a cabo un decoroso y más
efectivo funcionamiento de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de
Nueva York. En efecto y en referencia a este cardinal punto, el
embajador Salvador Holguín nos garantizó el uso de dicho espacio en el
consulado ecuatoriano de esta ciudad. Hasta la presente esto no se ha
materializado.
Siendo un país
pequeño, el Ecuador tiene en la proyección de su cultura el recurso más
idóneo, acaso el único, para justificar su existencia, como entidad
geopolítica, y para abrillantar y engrandecer su deslucida y disminuida
imagen internacional. Por consiguiente, resulta impostergable la
necesidad de internacionalizar la cultura ecuatoriana, a través de una
dinámica y permanente proyección de los diversos exponentes de las
artes plásticas, la literatura, la música, el cine y el teatro de
nuestro país. Para ello, es preciso el apoyo, decidido y concreto, del
Estado ecuatoriano, que hasta hoy no ha hecho nada en este sentido. A
tal punto que, luego de 14 años de funcionamiento en Nueva York, la
Casa de la Cultura Ecuatoriana ni siquiera cuenta con un local propio.
Debo mencionar
que, siguiendo el concepto de la Casa de la Cultura Ecuatoriana de Nueva
York, el gobierno dominicano, yendo hasta donde nosotros --por lógica y
sentido común elementales-- debimos haber llegado hace ya mucho tiempo,
en 1999 abre la Casa de la Cultura Dominicana, con un local de primera
en el Alto Manhattan, para cuyo inicial funcionamiento entrega la
cantidad de cien mil dólares y establece un presupuesto mensual de
treinta mil dólares, suma que, según el mismo mentalizador de este
gran logro y ex titular del consulado de la República Dominicana en
esta ciudad, Bienvenido Pérez, sale del dinero que sus compatriotas
pagan por trámites consulares en Nueva York.
En otras
palabras, los dominicanos por fin se dieron cuenta de lo que los
franceses, españoles y otros ya sabían hace tiempo, que la cultura, más
que ninguna otra actividad humana, proyecta y vende la imagen de un país,
y es la más auténtica identidad de un individuo y un pueblo. Si no
recordemos también el Instituto Albert Camus, la Alianza Francesa, el
Instituto Cervantes (con un soberbio local y biblioteca en la calle 42).
Igualmente, los colombianos tienen el Instituto Colombiano de Cultura; y
los mexicanos, el Instituto de la Cultura Mexicana. Reitero que todos
los nombrados cuentan, aquí en Nueva York, con local propio, personal
pagado y presupuesto subvencionados por sus respectivos gobiernos. Y el
más de medio millón de ecuatorianos en Nueva York lo único que tiene
es promesas incumplidas... y trabas burocráticas.
Lamentablemente,
la ceguera mental, la modorra y el provincianismo tienen encajonado y
rezagado a nuestro país. Como resultado, nadie nos conoce --ni siquiera
entre nosotros mismos nos (re)conocemos. Y cuando cada cinco o diez años
se habla de nosotros a nivel internacional, es por acción de una
desquiciada que le corta el pene al marido, o de un político pintoresco
que es elegido presidente y a los pocos meses es destituido por
"incompetente mental", o de una alguna otra barbaridad
sensacionalista y vergonzante.
Desde 1994 (año
de mi vinculación al Núcleo de Nueva York), la comunidad ecuayorquina
ha disfrutado de un auténtico renacimiento cultural y de un despertar
político sin precedentes. Durante estos últimos seis años, hombro a
hombro, junto a Jaime Montesinos hemos organizado y participado en
lanzamientos, lecturas y ferias de libros; encuentros de escritores;
además de conciertos, exhibiciones de artes plásticas y fotografía,
obras de teatro, festivales artísticos; lo mismo que simposios sobre la
doble nacionalidad, derecho al voto extraterritorial y defensa del
inmigrante; conferencias y un sinnúmero de publicaciones. Es decir que
no todos los ecuatorianos en estas latitudes nos hemos dedicado a
organizar bailes, colectas, rifas, coronaciones de reinas, desfiles o a
hacerles la corte a los mangoneadores de turno. Si alguna labor de
cierto mérito hemos realizado, ha sido la de promover y diseminar
nuestro acervo cultural, concientizando al público, no sólo
ecuatoriano, sino también hispano hablante de esta gran ciudad.
Como creador y
administrador cultural expatriado, me identifico plenamente con las
necesidades y aspiraciones de la gran colectividad ecuatoriana
internacional. Después de todo --junto a los mexicanos, puertorriqueños,
cubanos, dominicanos, haitianos, centroamericanos y colombianos--
conformamos un fenómeno sociológico insoslayable. Somos parte de una
diáspora, de un éxodo masivo propiciado, precisamente, por las
condiciones objetivas (y opresivas) de los países donde nacimos y
crecimos. Los inmigrantes ecuatorianos en este país somos en una gran
mayoría lo que los sociólogos han llamado "refugiados económicos
y culturales". Estamos aquí porque aspiramos a una vida mejor.
Hemos venido escapando de las lacerantes lacras y limitaciones de
nuestro nativo país. Y ahora, los cuatro millones de compatriotas
esparcidos por todo los Estados Unidos constituimos una formidable
fuerza que está --y seguirá-- haciéndose oír y respetar (como lo
prueban la obtención de la doble ciudadanía, y la irreversible campaña
a favor del voto y representación política en el exterior).
En otras
palabras, estamos conscientes de nuestra posición histórica y nosotros
mismos procuramos los recursos para avanzarla. No olvidemos que nuestras
aportaciones en dólares, insumos, giros idiomáticos, productos
culturales, estilos de vida, movilidad geográfica y socioeconómica,
entre muchas más, nos convierte en el estamento más creativo y dinámico
de la sociedad ecuatoriana. Acá también estamos haciendo cultura y
patria, por nuestros propios medios y con difusión internacional.
Nuestro Núcleo, h
uérfano
de cualquier apoyo gubernamental, ha logrado consolidar una imagen
respetada, utilizando locales a préstamo en las universidades y
llevando a cabo una verdadera autogestión. Hoy por hoy, el Núcleo
ecuayorquino cuenta con un estimable capital simbólico, pero ya es hora
de reforzarlo con una estructura física y financiamiento propios.
Cuánto ganaríamos,
todos sin excepción, si la Casa de la Cultura Ecuatoriana en Nueva York
tuviese un local y presupuesto, como hasta la más insignificante de las
provincias lo tienen. Por si alguien no lo supiera, ésta es la capital
cultural y económica del mundo postmoderno y globalizado. Ésta no es
una capital de provincia cualquiera, sino Nueva York; acá es donde
tenemos que proyectarnos, porque, aparte de los productos culturales por
antonomasia (libros, cuadros, esculturas, piezas teatrales, películas,
conciertos, etc.), la cultura vende de todo y para todos: desde vinos
hasta maquinaria y alta tecnología; promueve el turismo (como bien lo
saben españoles y franceses), ya que crea interés en potenciales
visitantes; y, por supuesto, atrae la atención de los inversionistas.
El Núcleo de
Nueva York representa a una auténtica y peculiarmente urbana provincia
cultural, conformada por más de medio millón de ecuatorianos,
integrados en una pujante comunidad, conformando la tercera ciudad --en
términos demográficos--, y la primera --en términos económicos-- del
Ecuador. Creo que, en justicia, los ecuayorquinos nos merecemos un local
propio, como lo tienen los veinte Núcleos provinciales del Ecuador.
Este local y su mantenimiento podría financiarse fácilmente, si --con
ese fin-- se destinara un porcentaje del pago por cada pasaporte, cuyo
costo total es la onerosa suma de 120 dólares, y de otros trámites y
transacciones consulares --como los poderes, cuyo costo es nada menos
que ochenta dólares cada uno. O sea que el financiamiento de nuestro Núcleo
no le costaría ni un solo centavo al Estado ni a nadie, ya que el
dinero provendría de nosotros mismos: los ecuatorianos que vivimos y
trabajamos en Nueva York.
Por lo tanto,
exhorto a los directivos y miembros de los Núcleos hermanos, a los
artistas, a los intelectuales, a las autoridades competentes, a los
medios de comunicación, al gallardo pueblo ecuatoriano y sus
instituciones (dentro y fuera del Ecuador, como ya lo ha hecho la
Universidad de Cuenca) a que nos respalden vigorosamente, haciendo
audible y visible esta demanda, cuyo cumplimiento resultará en
beneficio de todos sin excepción. Y, lo que es más, nos ayudará a
promocionar y a prestigiar --sistemática, democrática, pluralista y
permanentemente, en vitrina internacional y cosmopolita--, aquí nada
menos que en la capital cultural y financiera del planeta, la auténtica
imagen de nuestro país; esto es, la cultura nacional --elaborada dentro
y fuera de las fronteras patrias-- en todas sus múltiples y riquísimas
manifestaciones.
Visite el website de la Casa de la
Cultura Ecuatoriana de NY: http://www.lacultura.com.ar/EcuaYork