Javier de Cambra en LA
RAZÓN 21/04/2000 (MADRID)
Sus discos han vendido
decenas de miles de copias en nuestro país, han reverdecido el éxito de sones,
guarachas y boleros, y también han estampado su nombre en la gran
pantalla con el extraordinario documental, de igual título que la banda, del
cineasta Wim Wenders. Es en esta película, rodada en Cuba, Amsterdam y Nueva
York, donde podemos encontrar imágenes de Rubén González e Ibrahim Ferrer que
resultan difíciles de olvidar. González, sentado frente al piano, prestado,
como todos los suyos, interpretando un danzón mientras unas niñas hacen sus
ejercicios de danza; una escena rodada en el Centro Gallego de La Habana.
lbrahim Ferrer, conmocionado en Nueva York, mientras el también cantante Pío
Leyva le dice: «Aquí viven los mejores músicos del siglo». Tocado con su
sempiterna gorra de visera, Ibrahim Ferrer, con su parsimonia de caballero del
piano, Rubén González, vuelven a nuestros escenarios con una veintena de
músicos para poner en pie lo mejor de la tradición musical cubana. Entonces
volverán a sonar los versos del son «Chan Chan», de Compay Segundo: «De Alto
Cedro voy para Macaney, luego a Cueto voy para Mayarí». O los boleros «Dos
gardenias», que entre otros popularizó Antonio Machín, o «Veinte años», de
María Teresa Vera.
Muchos de los proyectos
más consistentes nacen de la manera más casual. Éste es el caso de un
proyecto de Ry Cooder que se quedó en la mitad y dio el campanazo. Cooder
había visitado Cuba en los años sesenta y allí conoció al legendario
músico Ñico Saquito. Treinta años después concibió el proyecto de unir a
un grupo de músicos de Mali con músicos de la isla. Para allá fue Ry Cooder,
pero la «troupe» de Mali no volvió a dar señales de vida. La solución fue
grabar en los estudios EGREM de La Habana a un arco de músicos locales,
veteranos unidos a jóvenes valores, convocados por Juan Ramos.
DE COMPAY
SEGUNDO A RESISTENCIA
De esas sesiones
saldría el disco «Buena Vista Social Club», título de uno de los temas
(instrumental) del álbum que hace referencia a un local en el que solía actuar
Compay Segundo. Ya en este manifiesto fundacional (luego vendrían «Afro
Cuban All Stan», «Introducing Rubén González» e «Ibrahim Ferrer», todos
ellos en el sello World Circuit distribuido en España por Resistencia) y junto
a Compay Segundo y Eliades Ochoa, llamaban la atención músicos de larga
trayectoria lbrahim Ferrer y Rubén González, de los que hacía mucho tiempo
que nadie sabía nada. Y volvieron para triunfar.
A sus 73 años, Ibrahim
Ferrer ha obtenido un éxito internacional en el que ya no pensaba desde su
juventud, cuando tocaba con grupos cubanos de nombres tan definitivos como la
Orquesta Paulina, el Conjunto Camayo y Las Estrellas Negras. «Continuamente -ha
declarado Ferrer- tengo que pellizcarme. Es un sueño hecho realidad. Esto me ha
dado ganas de vivir. Estoy viviendo el sueño de mi juventud con el cuerpo de
otro anciano y quiero tener otro disco de éxito». El año pasado
apareció su primer álbum como líder, con su nombre por título, que es todo
un manifiesto: «Yo soy carabalí negro de nación/ sin la libertad/ no puedo
vivir». Ibrahim Ferrer, que entró por primera vez en un estudio de grabación
en 1943, en una sesión del citado Arsenio Rodríguez, tuvo que esperar a los 72
años para ver su nombre estampado como titular de un disco. Y eso que parecía
destinado a la música desde su nacimiento, pues su alumbramiento se produjo en
una sala de baile mientras músicos y danzantes seguían con lo suyo. A su
regreso, con un triunfo internacional que supera el reconocimiento jamás
obtenido en Cuba, Ferrer se ha mostrado como un gran continuador de la
tradición oral cubana.
Hoy, Rubén González
tiene 81 años, y cuatro menos tenía cuando se produjeron las sesiones con Ry
Cooder. Desde primera hora acudía a los estudios EGREM y era bien difícil
conseguir que en algún momento se alejara del teclado. Durante años había
estado sin piano en casa. Y era el mismo hombre que había compartido la vida
musical de La Habana con su legendario colega en el teclado, Peruchín. Ry
Cooder le escuchó en las sesiones de preparación del disco y levantó
testimonio: «Es el más grande solista de piano que he escuchado en mi vida. Un
cruce cubano entre Thelonius Monk y Félix el Gato». Y el contrabajista
español Javier Colina afina el criterio: «Rubén González toca el piano como
le hubiera gustado hacerlo a Ahmad Jamal». González, que empezó a tomar
clases de piano siendo un niño, cursó estudios de medicina cuando ya empezaba
a ser reconocido como pianista. Hasta que alguien le dijo: «¿Por qué quieres
ser doctor cuando eres un buen músico y tienes toda la libertad del mundo?
¿Quieres pasar tu vida en un laboratorios.
La imagen de probetas y
alambiques debió ser tan fuerte que olvidó para siempre sus deseos de
doctorarse en medicina. Si se perdió a un médico, se ganó a un pianista
excepcional que hoy recuerda la escena musical cubana en los años 40: «Había
muy poco dinero en el asunto, pero todos tocábamos porque era lo que queríamos
hacer. Ahora la gente toca más por el dinero que por el amor de hacerlo; y
ahora hay más negocio y menos talento. Las bases de todo lo que hoy puedas
escuchar de la música cubana proceden de este periodo».
En el piano de Rubén
González respira la mejor tradición cubana, la de sus colegas Peruchín y Bola
de Nieve, y también sabidurías del jazz. «En lo que respecta a mi estilo
-dice González- me gusta la belleza de la armonía. Me gusta hacer armonías
que sean ricas, no complicadas, pero plenas». Vuelven Ibrahim Ferrer y Rubén
González, con algunos de sus más eficaces colaboradores: Cachaíto López,
Jesús Aguaje Ramos, Demetrio Muñiz, Ángel Terry Domecq... Hasta cerca de
veinte. La explosión musical, la «descarga», está garantizada.