Cantabria

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EL TEMPLO DE LA SALSA

CANTABRIA EN EL DESCUBRIMIENTO

Por José A. PEREZ MUÑOZ

Fueron dos las naves del descubrimiento de América que tienen carta de naturaleza cántabra: La Santa María y La Pinta

Una de las cosas buenas que nos depara ser historiador, es que un día uno se tumba sobre una silla reclinable, cruza las manos bajo la nuca, cierra los ojos, se transporta a la pubertad, rescata el calor sofocante del Caribe, mira a través del recuerdo a una joven profesora y la escucha decir, con la dulce voz que no ha de llevarse el tiempo: "Cristóbal Colón descubrió América. Y los marineros españoles llegaron en tres carabelas: la Niña, la Pinta y la Santa María". Un poco mas tarde a uno le cuentan que la nao Santa María se estrelló contra los farallones al norte de la isla la Española y que con sus restos, inservibles para algo más útil, construyeron el fuerte la Navidad, hoy fortaleza Isabela de Puerto Plata, República Dominicana.

Don Romualdo Cantero, guardián de tan bello tesoro y en su juventud vecino inevitable del eviterno presidente don Joaquín Balaguer, que mata los últimos días de la jubilación en la extraña tarea de recordarles a los turistas lo que a todo el mundo se le olvida: la historia. Este Romualdo le contó a este servir Escribidor, hace diez años, que con tres tablas de la bodega, cepilladas a conciencia con una garlopa del quince, construyeron el primer ataúd del dictador Leónidas Trujillo y que la madera, con la que los hermanos Pinzón mandaron construir la Santa María, la extrajeron de los montes talados del Dobra y de los entonces frondosos valles de Toranzo.

Pasados los años aquel joven visitante se encuentra a don Romualdo Cantero y recuerdan juntos a don Manuel Pereda: Al estudiar los descubrimientos, nos parecía extraño, increíble, que de las tres naves que constituían la flotilla que realizó el descubrimiento de América, solamente una, la carabela Santa María, fuera cántabra. No habría una proporción lógica, aunque fuera posible.

Sabido es que figuras, como los Pinzón, cabezas también en la empresa colombina, llevaban el mando de los hombres, pero lo extraño e interesante de comprobar era que los barcos, sus propietarios, los hombres de mar, pilotos y maestres de las naos no fueran de tierras cántabras.

La indagación no fue difícil. A veces en la investigación tiene más importancia y dificultad encontrar la dirección, la idea, que su investigación. Así, buscando respuesta a esta interrogante, encontramos en el diario de Colón que la flotilla había hecho escala en la bahía de Gando en las Islas Canarias, no sólo para avituallarse, sino para arreglar el timón de la Pinta, y este hecho, con la habitual desconfianza de Colón, queda anotado con dos nombres: Gómez de Rascón y Cristóbal Quintero, al pensar el Almirante que la avería había sido hecha intencionadamente por ellos.

Dicha anotación es importante pues dice, que el lunes 6 de agosto "Saltó o desencajose el gobernario de la Carabela Pinta donde iba Martín Alonso Pinzón, a lo que se creyó y sospechó por industria de un Gómez de Rascón y Cristóbal Quintero, cuya era la carabela, porque le pesaba ir a aquel viaje".

Ello demuestra que eran los propietarios de dicha nao y nos hace suponer que aunque Pinzón ejerciera su autoridad en la nao,en ella, como propietarios y marinos expertos tendrían cargos de maestres o pilotos quienes habían puesto o contratado su nave al servicio de la descubierta. De hecho la sospecha de Colón de que la avería no fuera casual, sino realizada a propósito "porque les pesaba ir a aquel viaje" demuestra que tenían cargos de responsabilidad en el gobierno de la nave.

Conocidos estos nombres, de apellidos originarios de Cantabria, precisamente el Rascón, de un barrio de Ampuero que lleva este nombre, y el Quintero, apellido genuinamente laredano, aunque posteriormente más extendido por la península, fue fácil, no sólo comprobar la existencia actual de ambos apellidos en la villa marinera de Laredo, una de las Cuatro Villas de la Costa, de la Hermandad de las Marismas, sino conocer, a través de la bibliografía genealógica, que estos laredanos, pues Gómez de Rascón, con su hermano Álvaro Rascón, que les acompañó en la descubierta, tuvieron que hacerse marineros en Laredo, de no haber nacido allí, pues esta villa está a muy pocos kilómetros del lugar originario del apellido, como también allí tuvo que hacerse marinero el propio Cristóbal Quintero. Y que los Rascón, como certificando este lugar nativo, se afincaron al regreso del viaje colombino en la villa de Laredo, donde edificaron una casa solar.

He aquí cómo quedó afianzada nuestra idea. Fueron dos las naves del descubrimiento colombino que tienen carta de naturaleza cántabra: La Carabela Santa María, de Juan de la Cosa, el cartógrafo y maestre santoñés, de cuya tripulación, al decir de Cristóbal Colón, "todos los más eran de su tierra", y la Nao La Pinta, que pertenecía a otros dos expertos marineros, Gómez de Rascón y Cristóbal Quintero, laredanos.

Cuarenta y dos años después, de regreso del viaje de Swann sin magdalenas, uno desentumece los brazos, se olvida de aquella primera profesora y descubre con sorpresa que este humilde historiador, dando un salto de quinientos diez años, ha hecho el viaje del descubrimiento a la inversa. Sin saber cómo, se ve pisando a diario los caminos montañeses de Juan de la Cosa, oliendo en cada mañana la resina de los troncos que una vez sirvieron para construir las naves que dieron paso a uno de los hitos más grandes de la historia: el encuentro entre el indio y el español, fruto mestizo de la mejor poesía del corazón del hombre.

También pisa, conoce y ve en cada mañana las rutas de don José María Pereda, sueña al anochecer con las costas y montañas de Amós de Escalante, se entretiene con los apuntes montañeses de Hermilio Alcalde del Río, se desternilla con la brañaflor de Manuel Llano, se admira de las casonas solariegas de Cossio, se ensimisma en las páginas dormidas de Luzmela de Concha Espina, se maravilla del costumbrismo crudo del campurriano Duque y Merino y sus excelentes Marzas. Y la nombradía suprema se condensa en las vetustas piedras de Santillana del Mar, de donde era originario uno de los más nobles literatos montañeses, el Inca Garcilaso de la Vega. Para quien quiera saberlo, este Inca Garcilaso fue el primer torrelaveguense mestizo de América, que siempre tuvo a bien en reivindicar con honor su condición de Indio y Español, porque a conciencia y corazón supo hablar en América de Doña Leonor de la Vega, del Ave-María y por tanto de Torrelavega.

Una Perla: Si bien es cierto que las naos Santa María y la Pinta fueron el primer enlace histórico entre Cantabria y las Indias, también es verdad que no menos importancia tiene el primer mestizo cántabro de América, el Inca Garcilaso, que nació en Cuzco, hijo de don Garcilaso de la Vega y Vargas quien llevó el Ave-María y de la princesa incaica Isabel Chipu Ocillo, prima del emperador Atahualpa.

LOS CANTABROS EN AMERICA

José A. PEREZ MUÑOZ*

En Cantabria hay cientos de rincones poblados por indianos que nos recuerdan que todo cántabro tiene al menos un antepasado en América

Entre Cantabria y América hay una corriente migratoria, de ida y vuelta, que acaba de cumplir cinco siglos. A través de estos quinientos años los lazos de unión no sólo se limitan al aspecto cultural, histórico y económico, sino que hay algo más soterrado y por tanto, más fuerte, que es el vínculo consanguíneo. El cántabro más cántabro, aunque sus orígenes se remonten a los kuniakoi, tiene al menos un abuelo, un tío o un sobrino al otro lado del océano Atlántico. Y cualquier latinoamericano, por muy araucano o caribe que se considere, es consciente que algún pariente cercano tiene sus cromosomas implantados en la Montaña.

Cantabria es una de las regiones más americanas. Y es éste, quizás, uno de los vínculos más fraternos.

Por los puertos de Cantabria alguna vez en su vida pasaron Juan Domingo Perón, Juan Pablo Duarte, Rubén Darío, Porfirio Díaz, Pablo Neruda o José Martí. Todos ellos políticos, literatos y próceres de la historia americana que dejaron sus huellas, aún frescas, en la hidalga tierruca de don José María Pereda y don Amós de Escalante.

Por cuestiones de los inmigrantes Cantabria y América vuelven al reencuentro, vuelven a poner de manifiesto que jamás han estado separadas. Ha sido una relación dormida, pero nunca rota. Esta reciedumbre recuerda que en Cantabria hay cientos de rincones poblados por indianos, que hicieron su fortuna allá, y que todo cántabro, todo español, tiene al menos un antepasado por aquellos predios.

Aprovecho para decir que en España mucha gente se está olvidando (la fragilidad de la memoria) que los cántabros, hasta hace muy poco, era un pueblo de emigración y que América abrió los brazos a los exiliados políticos, tanto de un bando como de otro. En Argentina, por ejemplo, hay casi un millón de españoles. En México se quedaron cuatrocientos mil. En República Dominicana, aún siendo un país sumamente pequeño, alberga actualmente 380 cántabros. No hace falta recordar que el 10 % de la población cubana (el presidente Fidel Castro entre ellos) es de origen gallego. Lamentablemente hoy es fácil percibir que en España hay cierta preocupación por los emigrantes hispanoamericanos, cosa no muy fácil de entender, porque hacia ellos no habría que tener esos sutiles e incómodos recelos. Si decimos que España no está correspondiendo como en su momento hicieron los latinoamericanos con los españoles, estamos siendo portavoz de muchos sentimientos reprimidos.

Pero lo que hoy nos gustaría traer a esta columna son los montañeses que tomaron parte en el Descubrimiento, que desde el principio acompañaron a Cristóbal Colón en su primer viaje, como el maestre y propietario de la nao Santa María el santoñés Juan de la Cosa.

El historiador y paciente investigador Caminoaga de la Vega contabiliza, hasta 1548, un total de ciento ochenta y ocho montañeses que de forma más o menos destacada tomaron parte en los comienzos del Descubrimiento. De ellos, y hasta 1538, quince aparecen localizados en Cuba y cincuenta y seis en la isla de La Española (hoy República Dominicana). Un arquitecto montanés, Rodrigo Gil de Liendo, contribuirá al embellecimiento de la ciudad de Santo Domingo, la más antigua del Nuevo Mundo, sustituyendo en 1529 al sevillano Luis de Moya en la construcción de la Catedral Primada de Indias. Toda la Zona Colonial fue construida por canteros y arquitectos montañeses. Gil de Liendo construyó también en esta ciudad la iglesia de la Merced (1525-1555) y la iglesia nueva de San Francisco (1544). El arquitecto torrelaveguense, Lucendo Torre, dirigió en 1538 los excelentes trabajos de la primera universidad del Nuevo Mundo (hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo).

Otro maestro cantero, Martín de Rasines, se encontraba trabajando en la Catedral de Santo Domingo y probablemente, con éste y Rodrigo Gil de Liendo se encontrarían otros paisanos suyos, pues los canteros montañeses salían de antiguo a construir y labrar piedras por la Península. Pedro de Matienzo llegó a Santo Domingo "a edificar iglesias" en la expedición de canteros y albañiles que la Corona envió a La Española en 1510 y otro arquitecto, Juan Miguel de Agüero, se ocupó de las fortificaciones de la Habana. Éste pasaría posteriormente a hacerse cargo de la construcción de la Catedral de Mérida en Yucatán.

El señor Camiroaga, de entre los expedicionarios destaca a diez montañeses, entre ellos Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala. En 1589 encontramos una capilla de los montañeses en la iglesia del Monasterio de Santo Domingo de la ciudad de México, donde Juan de la Torre, natural de Ampuero, dejó dicho que le enterrasen según su testamento.

En la ciudad minera de Zacatecas se encontraba ya, en 1556, un minero cuyo nombre respondía al de Diego Hernández de Proaño, que localizó un cerro con vetas argentíferas, al que se dio el nombre de Cerro de Proaño. Otro de los pioneros de la minería de plata fue Juan del Río Gutiérrez de la Riva, nacido en el pueblo de Heras. No olvidemos a Francisco de Hoyos, natural de Campóo; a Jiménez de Rivera, que estuvo con Cortés en la conquista de Panuco y México; a Rodrigo de Támara, natural de Castanedo, que acudió a la conquista de Cibola; al obispo montañés fray Juan de Quevedo; a Diego López de Peredo, nacido en Santillana del Mar; a Francisco Mesa, de Escalante, artillero mayor del conquistador y su hombre de confianza; a Juan de las Cuevas, que procedía de Carriedo; a Juan de la Torre, natural de Ampuero; a los hermanos Álvaro y Francisco Ruiz de Navamuel, éste último fue de los que capturaron al último inca Tupac Amaru, concediéndosele por ello la encomienda de Characato y el corregimiento de Canas y Canchas.

Aunque los montañeses contribuyeron al Descubrimiento y la Conquista, más parece que fueron atraídos por los puestos de la administración del Estado, la Iglesia indiana, y las actividades mercantiles y mineras del siglo XVI.

Estamos seguros que el recuerdo de esta historia contribuirá a conocer un poco más nuestros orígenes y nos ayudará a entender el presente, para así ser más solidario con el prójimo.

Una Perla: Juan de Escalante y Castaños, del valle de Toranzo, era uno de los trece caballeros de a caballo que participaron con Hernán Cortés en el primer encuentro contra los indios, pero el verdadero hecho histórico por el que será recordado, es por ser el ejecutor de la destrucción de los navíos de la expedición española que Cortés mandó quemar con la legendaria intención de "asegurar la hueste y evitar su retorno a Cuba". Sin nave de retorno, los soldados españoles tuvieron que luchar contra los indios hasta el final. Hecho histórico que jamás se ha vuelto a repetir.

*Miembro de la Sociedad Cántabra de Escritores

joseaperez@aldeafutura.com